Crianza
Los niños perciben el miedo aunque no lo digan. Con palabras sencillas, preparación y mucha calma, podemos ayudarles a sentirse más seguros.
Claudia G. Seegrove
Tu Terapia
Después de un sismo, de un simulacro o incluso de escuchar a los adultos hablar del tema, es común que niñas y niños se asusten. A veces lo dicen claramente; otras veces lo muestran con cambios de conducta, preguntas repetidas o dificultad para dormir.
Lo primero es recordar que los niños toman mucho de nuestro estado emocional. Si nos ven muy alterados, entienden que la situación es más peligrosa de lo que ellos pueden manejar. Por eso, cuidar nuestra propia calma es parte de cuidarlos.
Conviene hablar del tema en lugar de evitarlo. Callar no hace que el miedo desaparezca; solo deja al niño solo con sus fantasías, que suelen ser más aterradoras que la realidad. Una conversación tranquila le da un marco para entender lo que pasa.
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Adapta la información a su edad. A un niño pequeño le basta con saber que a veces la tierra se mueve, que los adultos saben qué hacer y que lo van a cuidar. A uno mayor puedes explicarle por qué suceden los sismos y qué medidas de seguridad existen.
Valida lo que siente. Frases como «no pasa nada» o «no seas miedoso» cierran la conversación. Es mejor decir «entiendo que te dé miedo, a mí también me asusté» y luego acompañarlo a pensar qué puede hacer para sentirse más seguro.
Preparar un plan familiar es una forma muy concreta de convertir el miedo en acción. Pueden identificar juntos los lugares seguros de la casa, practicar cómo salir y armar una mochila de emergencia. Darles una tarea, como cuidar la linterna, les da sensación de control.
Practicar en calma es clave. Ensayar lo que harían ante un sismo, sin prisa y sin gritos, ayuda a que el cuerpo aprenda la respuesta y a que, si llega a ocurrir, no se paralicen.
Cuida lo que ven. Los videos de sismos, las noticias repetidas y las conversaciones alarmantes entre adultos pueden afectarlos más de lo que parece. Si ven algo, acompáñalos y conversa sobre ello.
Mantener las rutinas les da seguridad. Horarios de comida, juego y sueño predecibles transmiten el mensaje de que el mundo sigue siendo un lugar ordenado, incluso después de un susto.
Es normal que durante algunos días quieran dormir acompañados, pidan más abrazos o tengan pesadillas. Con paciencia, estas reacciones suelen disminuir solas.
Si después de varias semanas el miedo no baja, si hay retrocesos importantes, como volver a mojar la cama, o si el niño evita ir a la escuela o a ciertos lugares, conviene consultar con un profesional de salud mental infantil.
Acompañar el miedo de un hijo también remueve el nuestro. Si notas que el tema te afecta mucho, buscar apoyo para ti es una forma de cuidar a toda la familia. En Tu Terapia podemos acompañarte.
Frase del día
“Los niños no necesitan adultos sin miedo, sino adultos que los acompañen en él.
— Claudia G. Seegrove
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